Cuando la comida ya no sea el tema por Sumito Estévez

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Por Sumito Estévez (@sumitoestevez)

“La pobreza no es natural, es creada por el hombre y puede superarse y erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia”.

Esta declaración de Nelson Mandela en su momento me marcó y ha estado pegada a mí por varios años. Pone los puntos sobre las íes sin demagogia. La pobreza no es mala suerte, los pobres no tienen mala suerte. Están, existen porque lo permitimos y, más concreto aún, porque los creamos. Y todo lo que las manos del hombre puede hacer, se puede deshacer. Allí la grandeza de la frase de Mandela.

Pero más allá de la pobreza está el hambre. Ella aparece cuando se rompe la cuerda. La pobreza es indignidad, pero el hambre es hambre. La pobreza es la indignidad de no poder ir a la escuela, de ver que el techo de la casa gotea y no se puede reparar, de tener dos camisas y un zapato, de buscar curarse con té de hierbas por no poder comprar medicinas. Pero sí poder comer. Fallo quizás, pero suficiente para no sentir dolor. Tener hambre es ser pobre y, de paso, pasar hambre. Pobreza crítica lo llamaban, extrema le dicen hoy a esa sensación diaria en la boca del estómago.

Existen técnicos que saben medir esas cosas como el hambre. Crean índices que registran, por ejemplo, el porcentaje del salario que usamos para obtener alimentos, y han llegado a la conclusión de que cualquier persona que gane menos de 1,25 dólares por día se encuentra en este nada deseable club de las extremidades. Técnicamente hablando, se dice que el monitoreo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de la ONU se hace con la medida de 1,25 dólares PPA diario, (en donde PPA se refiere a Paridad del Poder Adquisitivo)[1].

Pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Palabras como subalimentada, pobreza versus pobreza extrema, ODM o PPA; terminan por alejar a los comunes como usted o yo, los vecinos, los que vemos gente escarbando en la basura para poder alimentarse, de la pregunta básica: ¿Por qué si estamos produciendo alimentos para 12.000 millones de habitantes (casi el doble de la población actual[2]) 1000 millones de habitantes se acuestan con hambre[3]? No, no es mala suerte.

El escritor argentino Martín Caparrós en su perturbador libro El Hambre tiene una frase tremenda al respecto:

“Los términos técnicos evitan la emoción. Supongamos que lo hacen por conciencia profesional, para definir más precisos sus objetos de estudio. O que lo hacen por corrección política, para evitar la ofensa de llamar perro a un perro. Supongamos que lo hacen de onda, para cumplir mejor con su trabajo; el resultado, en cualquier caso, es que los problemas de miles de millones se transforman en un texto que sólo entienden unos pocos, mientras la mayoría se queda sin saber de qué va la cuestión. En síntesis, el burocratés funciona como una barrera contra el conocimiento generalizado…”

En Venezuela hay hambre. Sin eufemismos. Sin estadísticas ni odeemes o pepeás que midan porcentajes de pepeés.

Llamando perro al perro: Hambre.

De eso vengo a hablarles. De cómo se está organizando la gente. De cómo podemos participar usted o yo que no creemos en la mala suerte de los compatriotas, sino que tenemos la certeza de que ésta pobreza –Mandela dixit– fue creada por los de arriba, los famosos esos de los 18 años en el poder, y seremos los de abajo los que intentemos erradicarla mediante acciones humanas.

II

Mi historia, porque todos cuando se trata de hambre tenemos una en Venezuela, comenzó un domingo de 2016 en misa. Indicó el padre Irineo que nos diéramos el saludo de la paz y fue cuando noté que a mi izquierda se encontraba una mujer fornida en sus cuarenta (luego supe que tenía 52 años) que recordaba a las campesinas eslavas y que con claro acento extranjero me dijo en perfecto español “la paz sea contigo”. Era eslava. Croata para ser específicos.

Al terminar la misa, la hermana Lilia Lončar, porque resultó que era monja, me dijo que no estaba sentada por casualidad  a mi lado. Confesó que me esperaba. La hermana Lilia (aunque ya todos le decimos Lilian) me contó cómo había fundado en su natal Croacia en 2003 a Zdenac, una asociación de voluntarios misioneros, y cómo ya estaba instalada en tres continentes.

Me habló del hambre en mi isla. Me contó cómo en 5 sedes cada día un grupo de voluntarios alimentan 190 niños. Me invitó a conocer la obra. Me dijo que le quedaban tres días en Venezuela porque seguía para Ecuador y Cuba a visitar otros centros.

Le pregunté qué significaba Zdenac[4] (que suena como dsenacs) y me dijo que es pozo porque la había inspirado la frase de Jesús en su encuentro con la samaritana[5].

A la hermana Lilian es difícil, por no decir imposible, decirle que no. Tiene mando y lo ejerce. A los días fui a visitar la sede de la población de Pampatar, específicamente en predios del Museo del Cristo del Buen Viaje, donde les prestan el espacio para funcionar por las tardes.

Lo que vi me cambió la vida. No voy a entrar en detalles. Lo que está sucediendo es duro y está a ojos vistas. Muy duro.

Pero lo que realmente cambió mi vida fue la certeza de la dignidad. En un libro, que recomiendo ampliamente, titulado Las dimensiones faltantes en la medición de la pobreza que editó la Corporación Andina de Fomento sobre los trabajos de Sabina Alkire y Amartya Sen, se plantea la metodología para entender que la reducción de la pobreza pasa por hacer que las personas “tengan la capacidad de ir por la vida sin sentir vergüenza y se sientan empoderadas”. Eso vi en el trabajo del voluntariado de Zdenac.

Profesores de deporte, catequistas, jubiladas de la universidad, voluntarios. En fin un pequeño ejército de personas aseando y alimentando niños con historias terribles, haciendo las tareas del colegio con ellos (¡impresiona la cantidad de niños terminando primaria que aún no saben leer ni escribir!), dirigiendo actividades deportivas, haciendo consulta psicológica, haciendo teatro.

¿Qué buscan?, le pregunté a la abogada Vielka Mejías y a la ingeniero civil Marlid Franco (directora de relaciones institucionales y coordinadora general, respectivamente). Me respondieron: “que dando atención y amor lo recibamos de vuelta. Queremos aumentarles su autoestima, sentido de la utilidad… su calidad de vida en general”[6]. Lo más bonito que les he escuchado decir es que su visión es lograr que llegue el día en que, y las cito,  “la comida no sea un tema o un punto a trabajar dentro de las actividades de la asociación, que los niños coman suficiente en sus casa”… Es decir, cuando no haya hambre.

Esa visita me obligó a entender que ante los estados fallidos (uno en donde la gente escarba en la basura buscando alimento y en sexto grado de primaria no sabe leer, lo es), aparecen una miríada de asociaciones de gente que desea hacer algo.

Podemos ayudar.

En el caso de Zdenac en la isla de Margarita basta con contactar a Vielka Mejías a través de su correo vielkamejias@hotmail.com y escribir “yo quiero ayudar”. Sin eufemismos. Llamando al perro, perro, como dice Caparrós. Escribiendo “tengo alimentos para donar” o “deseo dar clases”.

III

Zdenac es apenas uno de cientos de asociaciones que comienzan a organizarse en Venezuela para ayudar a los vulnerables. A los perdedores de la revolución. Conozco gente buscando la manera de alimentar ancianos en geriátricos, en Caracas está el resonante caso de la Fundación Barriga Llena Corazón Contento, que cada día sirve 200 sopas a niños y padres del Hospital J.M. de los Ríos, este diciembre que pasó fueron varias las historias reseñadas en prensa sobre grupos voluntarios que hicieron comidas navideñas para repartirlas entre los indigentes.

Todos necesitan ayuda. Especialmente donación de alimentos.

Cada uno de nosotros tiene algo que puede aportar. Ninguna de las asociaciones pide mucho o poco. Sólo esperan solidaridad. A veces basta con ir un día, o hacer un plato.

IV

En Margarita estamos a días de realizar en mi restaurante una reunión entre instituciones que están trabajando en alimentar y entes que con frecuencia tienen comida de descarte (restaurantes y supermercados fundamentalmente), para intercambiar ideas e iniciar un grupo de chat y quienes tengan alimentos puedan avisarles a las asociaciones.

Igualmente desde la fundación Fogones y Bandera (que dirigimos mi esposa y yo) hemos iniciado el estudio para crear una aplicación para celulares que permita unir el extremo donante con el extremo receptor mediante una metodología sencilla. La intención es que en cada ciudad nos organicemos sin que necesariamente implique un trabajo enorme para quien desea colaborar. Podemos ayudar de manera sistemática a las organizaciones que han decidido asumir el inmenso trabajo de alimentar.

[1] Documento de la CEPAL sobre indicadores de pobreza extrema

[2] En el prólogo de El Hambre de Martín Caparrós

[3] Tomado de “El Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo 2015” de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura: http://www.fao.org/3/a-i4646s/i4646s01.pdf

[4] Aunque poco mantenida, alguna idea sobre la filosofía de la organización Zdenac puede inferirse en su página web: http://zdenac.org/es/quienes-somos/item/1005-la-asociacion-zdenac

[5] …pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. (Jn 4, 14)

[6] La hermana Lilian ha visto mucho más y es una mujer de pocas palabras. La vez que le hice la misma pregunta me dijo. “Si logro que crean en tres de los diez mandamientos habré logrado mucho”.

Fotografía tomada de www.ideasqueayudan.com

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